miércoles, 8 de octubre de 2008
EL INSTINTO MÁS PRIMITIVO
Si lo que mueve a la mente es su afán de seguridad, de permanencia, de supervivencia ¿no estaremos condenados a vivir constantemente protegiéndonos, evitando riesgos? Uno mira a su alrededor y parece que sí. Trabajamos, vivimos y nos movemos únicamente en pos de esa seguridad. Seguridad material, emocional, física. Buscamos protección en un trabajo seguro, un círculo de amigos fiel, una familia que no nos falle, un futuro sin sobresaltos. Sólo descansamos cuando parece que lo tenemos todo bajo control. Y aun así la vida continúa y las inseguridades vuelven a surgir, como riesgos reales o en forma de miedos que la mente crea, quizá para que no bajemos la guardia. E inevitablemente, esta sensación de inseguridad, estos temores, son semillas de violencia. La violencia, el mal en general, procede de la desconfianza, del afán de protegerse, de dominar, de alzarse, de ser respetado, temido... se lleva al extremo el instinto más primitivo del ser humano, el de supervivencia. Y mientras la mente se revuelve en medio de esta locura, el corazón, ajeno a todo, sigue pidiendo a gritos el retorno a su creador.
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