lunes, 13 de octubre de 2008

SIEMPRE ESPERANDO

Siempre esperamos algo. Esperaba que ella me llamase. Esperaba que pasaran a saludarme. Esperaba que contaran conmigo para esta cena. Esperaba que me hubieran tratado mejor... Siempre estamos esperando algo de los demás. Parece que la medida de nosotros mismos se la hemos trasladado a los otros. Si las expectativas que hemos puesto sobre los demás se cumplen todo va bien, si estas expectativas empiezan a fallar entonces nos encontramos mal. Todo depende de ellos. Nos podemos llegar a convertir en marionetas manejados por aquéllos a quienes hemos dado ese poder. Ellos decidirán si reimos o si nos lamentamos en función de las expectativas que tengamos de su comportamiento hacia nosotros. Estamos ante otra droga: necesito que hagan lo que se supone que deberían hacer; que me traten como espero que me deben tratar y que actúen como espero que deben actuar... y si algo de eso no sucede entonces las consecuencias pueden ser terribles. Aprietan un botón y estoy bien, aprietan otro botón y paso a estar mal. Intento rebelarme pero es imposible. Así que decido unilateralmente retirarles ese poder. Ya no espero nada. En realidad no tengo derecho a esperar nada. No soy dueño de los actos de nadie. No soy yo nadie para decidir cómo se tienen que comportar los demás respecto a mí. Me basta con protegerme de sus actos. No son ellos la medida del valor de mi persona. Y no les culpo. Me culpo a mí mismo por haberles otorgado ese poder. Ahora eso ha terminado. Dejaré que cada uno actúe como crea oportuno sin importarme las consecuencias porque sólo en Dios, en el fondo de mi alma, en lo más profundo de mi corazón se encuentra la verdadera medida de mi persona.

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