lunes, 10 de noviembre de 2008
LA REALIDAD
Si nos damos cuenta, lo único que nos puede unir a nosotros mismos, lo único que nos puede unir a Dios, que habita en nuestro interior, es sencillamente el contacto con la realidad. Nada más fácil pero nada más lógico al mismo tiempo. Nuestra mente nos transporta hacia mundos supuestamente ideales e incluso nos puede llegar a presentar el mundo real, aquel que Dios ha creado para nosotros, como algo a superar e incluso a despreciar pues no colma nuestras expectativas de felicidad. Se nos enseña que la felicidad está en el futuro, en un mundo distinto donde todos mis sueños vacíos se habrán cumplido y mientras tanto... me niego a ser feliz. Los miedos, las idealizaciones, las fantasías, las falsas ilusiones, las expectativas que ponemos en los demás... todo ello nos separa del mundo real, del mundo verdadero. Este y no otro es el mundo en el que debemos vivir, nuestra contribución debe quedar aquí y no diluirse en ensoñaciones irreales. Debemos hacer un esfuerzo constante por vigilar nuestra mente, por separar la realidad de la ficción a la que ella tiende a transportarnos. Mi aquí y mi ahora son lo único que cuenta y contengo en mi interior todo el potencial para ser feliz pues Dios habita dentro de mí. No quiero ser otra cosa que lo que soy. Mi única aspiración es parecerme lo máximo posible a la criatura que Dios creó, volver a lo que en un principio fui. Nada más. No soy una idealización de mí mismo que nunca llego a alcanzar. No soy lo que los demás esperan que sea. No estoy hecho para cumplir fantasías ni para satisfacer ilusiones que me separan del mundo real. Cuando Dios se apareció a Moisés a través de una zarza ardiendo y Moisés le preguntaba ¿quién eres?, Dios le respondió "Yo soy el que soy". Un autor moderno completaba "Y tú eres el que no eres".
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