viernes, 8 de mayo de 2009

LA TRAGEDIA DE UNO MISMO

Es tal el desprecio que muchas personas sienten por sí mismas que son incapaces de imaginar siquiera que Dios puede habitar en ellas. Solo pensarlo les produce un rechazo inmediato. Se odian. No lo saben o no lo reconocerán nunca pero se odian. No conciben que todo un Dios pueda habitar el erial de sus corazones. El mundo les ha llevado a odiarse. No cumplen con los clichés establecidos, con la norma social impuesta, con el físico que corresponde... Y terminan, claro, por odiarse. El odio a nuestro propio cuerpo lleva a machacarse por un físico perfecto, el odio a nuestra propia imagen lleva a embarcarse en un materialismo alocado... todo sea por cambiarnos, por alcanzar esa imagen idílica y patética que nos hemos impuesto, que nos han impuesto. La tragedia del odio a uno mismo continúa con la tragedia de pensar únicamente en sí mismo por querer ser lo que uno no es. Y es en ese temporal donde uno se va hundiendo pues las envidias, los celos, el egoismo, se va a adueñando de nosotros.
Sólo Cristo nos puede salvar del hundimiento. Y el motivo es muy sencillo: sólo Él tiene la respuesta sobre quiénes somos realmente. Me atrevería a decir que no es su amor el que nos salva, pues ese amor no lo podrá aceptar nunca una persona que se odie, es la VERDAD la que nos salva pues su verdad nos hace libres, es la buena noticia, es salir del error en que nos encontrábamos sobre quiénes somos realmente, es cambiar la concepción sobre nosotros mismos. Es nacer a un hombre nuevo.

No hay comentarios: