jueves, 25 de junio de 2009

“Conocemos a Dios y decidimos conocerle, pero ¿le conocemos con el corazón? ¿Nos dejamos a nosotros mismos acercarnos a Él, dejarnos que Él se acerque a nosotros? ¿Dejamos espacio a la intuición de su presencia en el silencio? Sólo así podremos ser capaces de prescindir de los ídolos en nuestra vida; sólo así seremos capaces de sentir a Dios como el único sentido, como el Único a quien adorar, como el ÚNICO SEÑOR. No es una cuestión de esfuerzo humano. Únicamente tenemos que dejarnos tocar el corazón, las entrañas. Cuando alguien conoce “allí” al Señor ya no hay marcha atrás. Ya ha gustado de lo único que da plenitud a su ser.
En el encuentro con Jesús, el resucitado, está la fuente de nuestra fe, de donde surge la fuerza para predicar, para estar junto a los que sufren, para amarnos unos a otros.
Abramos el corazón. Que lejos de ser una frase típica, sea un deseo profundo. Pidamos desde lo hondo de nuestro ser RECONOCER A JESÚS, el Resucitado como el Salvador de nuestra vida. Deseemos profundamente ir por los caminos de sus mandatos, y abandonar en la oración todo aquello que no comprendemos y nos aleja de Él.” (oración de Taizé, Madrid 12 de junio de 2009)

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