"Tenemos que ser libres del miedo. No es el poder lo que corrompe, es el miedo. El temor de perder el poder corrompe a quien lo detiene y el miedo al castigo por parte del poder corrompe al que está sujeto a él."
Es una mujer frágil a primera vista, con un rostro con ojos que te trasfiguran: es Aung San Suu Kyi, premio Nóbel de la Paz en 1991, obligada a permanecer en la cárcel durante años y en este momento en arresto domiciliario por el régimen militar birmano, aun a pesar de ser la hija del héroe de la independencia de ese país. He recogido estas palabras suyas sobre el miedo porque se puede decir que son su programa de lucha por la libertad. No es necesario multiplicar los comentarios en torno a una verdad tan evidente. El miedo, de hecho, es la raíz de tantas vergüenzas que se cometen. Y es por esto que el gran Montagne, no dudaba en confesar: "El miedo es la cosa que me da más miedo".
El miedo a perder a perder un cargo te lleva a la adulación, al engaño, a la humillación. El miedo a perder un afecto te empuja a los celos y actos mezquinos. El miedo a perder el predominio sobre los demás te convierte en implacable y finalmente en cruel. El miedo a perder la fama te hace vanidoso y fatuo. Podríamos seguir adelante y con esta letanía de debillidades y miserias; por esto es justo invocar a Dios con el fin de que nos libere de todo miedo y cobardía y nos vuelva valientes y serenos. Dicho esto quisiera distinguir el miedo de una realidad distinta que utilizamos a menudo como sinónimo: el temor. A menudo, de hecho, nos creemos audaces cuando en realidad no hemos respetado al otro y se vuelve así uno arrogante, insolente, impertinente. Si el miedo puede ser un defecto, el temor es una virtud. Por este motivo se lee en la Bibilia. "el temor del Señor es principio de sabiduría" (Proverbios 1,7)
(artículo publicado en el periódico "Avvenire" del 29 de marzo de 2011)
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