martes, 7 de febrero de 2012

DOS AMANTES...

Podemos pensar que el ser humano completo no es una persona sino una pareja: Dios y la humanidad, dos amantes. Por este motivo, Dios mismo, también inflamado de Amor, viene a nuestro encuentro a través de su Hijo Jesucristo “Dios con nosotros” para ofrecernos su amistad: “Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn 15, 4).


Jesús nos llama por ello a acoger este deseo ardiente del Padre y a confiar en Él para vivir ese encuentro: esta es Su voluntad.

Me voy a atrever a poner la “voluntad de Dios” en un contexto distinto, a verla desde un prisma diferente.

A veces tendemos a “someternos” a la voluntad de Dios, como un esclavo se somete a su amo y cumple su voluntad sin más.

Jesús en cambio nos dice en su testamento espiritual de la Última Cena: “Ya no os llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15, 15). El sometimiento del siervo es incompatible con la libertad de la verdadera amistad.

Jesús nos ha dado la dignidad de amigos “porque os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”. Su voluntad se ha vuelto, por tanto, transparente: acoger sus deseos de plenitud trabajando en Su proyecto de Amor.

Revestidos de esta nueva dignidad, hacer la voluntad del Padre significa corresponder a sus anhelos fundiéndonos en sus proyectos, en sus planes, en sus sueños con la misma confianza que un hijo camina de la mano de su madre. Es hacer nuestro corazón uno sólo con el Suyo y mirar así con Él en la misma dirección:

“Jesús le dijo: ‘El que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en un chorro que salta hasta la vida eterna.’” (Jn 4, 13-14)

Jesús nos llama a aunar fuerzas con el Padre, a unir voluntades y trabajar juntos para continuar la maravilla de la Creación, la construcción de su Reino, con el sueño siempre presente de la Resurrección. Y es tal su respeto y su amor que no impone, invita. No nos fuerza, nos espera. Y porque nos necesita, Él confía, confía siempre, a pesar de que ello suponga colocarse voluntariamente en una posición vulnerable y dependiente de nuestro comportamiento, como nos demostró a través de su Pasión y su muerte.

Hacer la voluntad de Dios es ser lo que siempre hemos estado llamados a ser, a realizarnos como las personas que Él soñó. Somos agentes necesarios para culminar su proyecto de amor y nos dio para ello unos talentos, unos carismas, con los que afrontar los retos de la vida que nos trae nuestra Comunión con Él.



“Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones. Entonces dije: ¡Ah, Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque soy joven. Pero el Señor me dijo: No digas: "Soy joven", porque adondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás. No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte, declara el Señor” (Jeremías 1, 4-8).

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