jueves, 23 de octubre de 2008
EL PRECIO DE LA VIDA DE UN DIOS
Evidentemente Dios no se conformaba con manifestarse a través del espíritu, tenía que presentarse físicamente. Y es que no podía ser de otra manera. Tenía que hacernos ver nuestra verdadera dignidad. Nuestra condición de hijos de Dios. El cambio en nuestras vidas es total. Ya no somos lo que creíamos que éramos. Pasamos de creer ser meras criaturas a ser hijos de Dios. No hay dignidad más alta pues Dios, en todo su amor, nos pone a su altura. No puede haber mayor orgullo, realmente. Jesús revolucionó al mundo al hacer ver a todos esa nueva dignidad antes desconocida. Ricos, pobres, sanos, enfermos, huérfanos, viudas, prostitutas... todos aquellos que se convencen de su dignidad divina "recuperan" la libertad, se saben dignos del amor de Dios y su vida, su concepción de sí mismos cambia de arriba abajo. No importa ser los primeros o los últimos, no importa tener el mejor sitio en la mesa, no importa acumular riquezas, nada de eso importa ya. El orden de prioridades en la vida ahora es distinto. Sólo importa la dignidad adquirida, la libertad recuperada y la consecuencia lógica, natural e inmediata de ser por fin capaces de amar a todos sin condiciones. Sin ataduras, sin vínculos, sintiéndonos libres absolutamente para amar a Dios, a nosotros mismos y a toda la humanidad. Lógicamente a Jesús lo asesinaron. Aquello era demasiado. Ninguna autoridad podía consentir semejante amenaza para el orden establecido. Y él dio su vida. Pagó un precio. El precio mayor que nadie nunca podría pagar por nada. El precio de un Dios. Esa es la medida de nuestra dignidad. Ese es nuestro valor como personas. Tanto como decir infinito.
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