miércoles, 8 de abril de 2009

ROMPIENDO MOLDES

Cristo rompió moldes. Rompió los viejos moldes, aquellos que formaban la vieja concepción sobre los hombres, sobre la existencia y sobre el propio Dios. Ahora se acabaron los patrones, no hay moldes nuevos, Él vino a ofrecernos una nueva concepción del mundo, la verdadera y única razón de nuestra existencia y de lo que nos rodea: la entrega a Dios, la participación plena en su proyecto, la unión total con Él. Cristo vino como Dios a hablarnos de su amor por nosotros, a ofrecernos una relación con Él, a hacerlo partícipe de nuestra vida. Una relación donde Él todo lo da sin exigir nada a cambio, un amor gratuito y que siempre, siempre está ahí, para que nuestro don más valioso, el de la libertad quede aun más patente. Más que amor es la realidad de la verdadera Vida. Nada existe fuera de Él, todo es mentira fuera de Él puesto que Él es la única verdad. Para que este mensaje de libertad y vida plena fuera realmente eficaz, Cristo no sólo tuvo que romper las barreras de nuestros errores, de nuestra ignorancia, de nuestro egoismo. También tuvo que sufrir para liberarnos del sufrimiento, para hacernos ver que la Vida verdadera sigue presente y brillando con fuerza incluso dentro de la tortura más insorportable, como fue su pasión; dentro de la muerte más terrible, como fue su crucifixión, para finalmente brillar con toda su fuerza con la resurrección. Rompió moldes, lo viejo ya no vale, lo nuevo es un misterio, pues todo es entrega a lo desconocido, a la nueva Vida. Paradójiacamente, un maravilloso misterio pero también una maravillosa certeza, la única certeza. Así se entregó Cristo. Así nos entregamos nosotros.

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